Bajar un escalón para subir otro

Las revoluciones propias de la coyuntura en torno a la NO clasificación del Arsenal a la Champions League sesgaron cualquier opinión distinta, medianamente, elaborada. Por mucho tiempo se habló más del punto de diferencia entre Liverpool y los gunners que otra cosa. Aquel gol de Emre Can en Watford que nos mermó la chance de seguir aferrándonos a una batalla perdida. Y claro, el fracaso mediático que supone bajar un escalón de jerarquía competitiva hizo que la validez de un razonamiento en frío quedara al margen. Indudablemente, señalar responsables, criticar métodos y lapidar cuerpos tiene un efecto de expansión entre multitudes acaloradas que fallan en su intento de encontrar respuestas sobrias. La sociedad meme, déjenme llamarles.

Arsene Wenger decidió seguir nadando contra la corriente en búsqueda de estabilizar el primer piso que tanto le costó construir tras haber perdido por completo el control de la segunda planta. Firmó por 2 años más con la entidad en la que cada vez se ve menos identificado. Las consecuencias cíclicas de un ambiente desesperado siguieron su curso y la temporada 21 de su carrera en rojo y blanco comenzó en acorde a las circunstancias: sufriendo por la causa que ya parece perdida. Desde ese 4-3 ante Leicester City hasta ahora no ha cambiado mucho. Siguen las falencias defensivas, el mediocampo no quiere dejar de cortejar al caos y las, popularmente, llamadas ‘estrellas’ parecen rehenes intentando poner buena cara hasta que les toque firmar su futuro con diferente tinta.

En este contexto, aparece el patito feo. Ese que se mira de reojo. Ese que te admira sin buscar reciprocidad. Ese que sabe que eres de alquiler, que te cobra poco, pero no es tonto al pensar que la renta puede extenderse y, si es fuera por él, quisiera que así sea. No te desea el mal; por el contrario, te quiere protagonista y entiende que en el proceso seguirá siendo feo hasta que empiece a crecer. Hasta que te lo tomes en serio. Hasta que le llames por su nombre y no esperes a que sea jueves para renegar de su existencia. Esa bendita Europa League.

La gestión de esta competición es alarmantemente confusa y ambivalente para muchos. Se le ningunea y, a su vez, se le pide seriedad. Se exigen explicaciones y se crean conflictos donde no los hay. Está muy claro que el comando técnico ha priorizado la Premier League para volver a la élite y en segundo orden se encuentra este torneo internacional. Al XI titular poco le interesa los viajes a Bielorrusia o Serbia. Ellos tiene la consigna de hacer su trabajo dentro de sus fronteras. Cargan la mochila de la decepción como aliciente para asegurarse de no estar ni cerca de subirse a un avión con destino a lugares inhóspitos. No saben lo que es ni lo quieren saber.

Este segundo orden necesita ser atendido y se hace con peones que no gozan de los minutos que desearían, pero tienen claro que es lo que toca. Esta gente que ha conseguido 9 puntos de 9 posibles -6 de ellos fuera de casa- demostrando que pueden ser tenidos en cuenta para el reto mayor, el único fin importante según opinólogos. No se les exige como a los que cada fin de semana salen a limpiarse la cara y esto ha hecho que disfruten cada segundo. En ese caso, pelean por ser tenidos en cuenta. Pelean por su chance, por su momento, por su consagración.

Y si hablamos de pelea, salen nombres propios. ¿Quién más indicado para pelear que un talento de casa traicionado por su propio cuerpo y que a los 25 años busca reiniciar su carrera en el club que lo vio nacer? ¿Es acaso el destino retorcido? Aquel muchacho de piernas cortas y gambeta innata que hace 7 largas temporadas alimentó la ilusión de toda una comunidad porque tenía pinta de ser el bastión generacional de un equipo que insinuaba gloria. Ese que lleva en sus hombros la responsabilidad de liderar al segundo orden para devolver algo de alegría a sus fieles. Ese que está demostrando que la clase es permanente en cada pelota que toca. Ese que busca conciliar a una hinchada harta y está presto al reto más grande de su vida. Ese es Jack Wilshere, quien que ha tenido que bajar un escalón para subir otro.

 

Por: Sebastián Gálvez (@sebgalvez)

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